Insurgentes

Ha pasado una semana sin que veas sus grandes y expresivos ojos negros y estar esperando el autobús que te llevará hasta ella te hace estar menos ansioso, pero más nervioso. Siempre ha sido así, están juntos desde hace mucho, muchísimo tiempo y cuando dejas de verla, incluso por un par de días, te pones nervioso, te sientes a la espectativa (ya sabes, si te ves bien, si te rasuraste, si hueles o no mal, si te verá llegar, si la sorprenderás o adivinará tu entrada…) y ahora mismo, pensando en que se verán en esa lejana ciudad a la que no llegaron juntos, te pone muy nervioso. Ya quieres estar con ella.
El autobús comienza a avanzar, y tú sabes que nunca has sido un buen lector cuando viajas porque el sueño inminentemente te vence, ni siquiera luchas contra él, te entregas a sus brazos sin ninguna preocupación, además sabes que son muchas horas de camino y no quieres estar ojeroso o desvelado cuando ella te vea; así que te duermes, completamente, plácidamente.
Te despieras dos o tres veces en el camino, hay la misma cantidad de paradas antes de llegar al destino final. Cuidas celosamente tu mochila, a la que duermes abrazado. Tocas las bolsas de tu pantalón, celular, cartera, llaves, una en cada bolsa y una bolsa debe quedar vacía. Ok, estás completo, puedes seguir durmiendo. Finalmente llegas, no hace el frío que esperabas te recibiera. Sacas una chamarra que quieres usar para no sentirte tonto por haberla empacado sin necesidad. Sacas el papelito que celosamente guardas en tu cartera con todas las indicaciones necesarias para llegar a tu destino, buscas la estación del metro indicada, subes al vagón que abre sus puertas justo frente a ti, buscas un lugar donde sentarte y poder vigilar la situación pero no lo encuentras; así que te arrinconas en la pared, observando, de manera discreta, según tú, que nadie vaya a acercarse y querer quitarte alguna de tus pertenencias, tienes miedo de ser el objetivo de un carterista y todo lo metes en la bolsa derecha frontal del pantalón, lo cual llama más la atención por lo abultado, pero tú te sientes menos inseguro. Cuentas cada una de las estaciones por las que pasas, con sumo cuidado, y sin que nadie lo note, las vas tachando en la notita-guía. Te bajas en la indicada, cruzas soloDiossaebecómo a la siguiente estación y nuevamente el mismo proceso: subirte al vagón, acomodarte en una esquina, visualizar todo, contar estaciones y bajarte en la indicada. Subes, ahora el metrobús te espera, te sientes un gran citadino al comprar una tarjeta que te sirva para varias veces, la usas, abordas, encuentras por fin un lugar disponible y te sientas y nuevamente repites todo el proceso, pero ahora observando la ciudad y sintiéndote libre, independiente, logrando una gran hazaña. Ella ha estado en tu mente en todo ese proceso, no has querido molestarla con mensajes porque es muy temprano, además ya todo está planeado, nada puede salir mal. Te bajas, tachas la última de las indicaciones y localizas el edificio donde deben verse. Ahí está, con 40 pisos o más, de cristal, no es el más hermoso que has visto, pero sí el mejor: ella te espera ahí.
Es sábado, y la ciudad está muy tranquila, completamente tranquila (bueno, eso te lo imaginas por lo que te han contado) y empiezas a caminar lentamente aunque con mucho cuidado. La calle no parece insegura, pero nunca hay que confiarse, así que a paso lento pero seguro miras todo tu alrededor y quieres grabarte cada detalle, tal parece que quieres prolongar el encuentro, pero no es así, en realidad crees que ella está aún dormida y no quieres esperarla y enojarte y que todo empiece mal (tu puta inmadurez cliché). Finalmente entras al hotel, demasiado minimalista incluso para ti que eres un simple, te sientas en el lobby, le envías un mensaje diciéndole que estás adentro, esperándola como habían quedado. Y al instante te llega su respuesta diciéndote que está en el restaurant tomándose un café, leyendo y esperándote (ahora mismo te tiemblan las manos al escribir). Suspiras. Tomas una inmensa bocanada de aire que te hace toser. Te levantas del mueble donde recién te acabas de sentar. Te truenas los dedos, vuelves a echar un vistazo a la decoración del lugar. Das el primer par de pasos y aparece la puerta del restaurant a unos 20 metros de ti. A menos de 30 metros está ella, piensas y sientes un vértigo impresionante. Continuas avanzando y te quedas inmóvil al llegar a la puerta cuando desde ahí puedes verla, sentada, con su cabello recién lavado, con su libro abierto, intentando leer mientras quiere disimular que espera, con una jarrita de café que se te hace tan horrible para que ahí la usen, esperas a que ella voltee a verte. Finalmente ella voltea con una sonrisa demostrándote que sabe que estás ahí parado, esperando a que voltee. Sientes un nuevo vértigo, impresionante, que termina en un escalofrío, te da risa cómo tu cuerpo reacciona al encontrarte con su mirada, con sus inmensos ojos negros que te invitan a evadir todo tipo de realidad y a solo estar con ella. Pasa por tu mente todo lo que has vivido a su lado y te aseguras, te aseguras con verdadera devoción que todo ha valido la pena, que cualquier cosa se ha borrado en ese justo momento que te encuentras con sus ojos negros, con su sonrisa sincera y extremandamente gigantezca.
Finalmente ella se levanta de su lugar y te invita a alcanzarla. Y tus ojos se llenan de lágrimas al caminar, al mirarla de frente, al darle un beso y al perderte en sus brazos, para siempre.



excelente lectura para una tarde ordinaria en mi vida….invito a mi ser a despertar esas sensaciones que hemos experimentado alguna vez…GRacias chanchamitooo por ese lado romantico que tienes