Vértigo
Enero 7, 2009

El dia empezó como cualquier otro: horrible. Los trazos de amargura que dibujaban las nubes en el cielo se acentuaron conforme el día maduraba. No logré escuchar las canciones que el viejo radio del carro programaba en su afán de arrancarme una sonrisa. Nada nuevo hubo en el trabajo: cartas, papeles, gráficas, estadísticas, informes… Lo de siempre, nada que logre entusiasmarme, nada que me haga abrir los ojos más allá de lo necesario para vivir monótonamente. A través de la ventana me percaté que el sol ganaba la batalla contra la lluvia y se posicionaba de forma tal que los melancólicos debieron alegrarse al menos por un rato. El entusiasmo que se respiraba en el ambiente era tan espeso que me incomodaba sobremanera. Éstas fiestas de fin de año nunca han tenido sentido: regalos, encuentros, abrazos… “Hipocresía decembrina” la llaman los expertos. Nada de ésto tendría sentido en otra época del año. No importa, logro adaptarme a veces y por ratos pareciera que de veras me divierto. Caigo en la cuenta que el día había llegado a la mitad cuand0 mi estómago lanzó un rugido estruendoso, casi lastimero. En el camino de regreso a casa las calles me parecieron más llenas de compradores apresurados y de señoras sonrientes que en días pasados, la lluvia había dado una tregua y aunque las nubes estaban presentes el sol lograba bañar de luz el asfalto húmedo. ¿Es acaso que nadie sabe apreciar los días nublados y la lluvia incesante? Podría vivir bajo la lluvia… Con la mente en blanco di la última vuelta antes de llegar a casa cuando tu perfil, moviéndose con toda delicadeza, enmarcado por unas líneas irregulares del color de mi estado de ánimo, me asaltó a mansalva. Y fue justo en ese momento, en ese mismo instante, en ese lugar casi mecánico para el mundo entero, en ese escaso segundo, donde supe que la vida, o al menos la que yo vivía, podía ser más que luces a medias y sombras por doquier, y contener más emociones que las que he experimentado, y gozar de más colores que los dos con los que he visto todo desde hace ya muchos años, y pude atisbar como los zurcos de mi cara se acentuaban para formar lo más parecido a una sonrisa al mismo tiempo que mi caja torácica se estremecía con la fuerza descomunal de un vértigo que me tomó completamente por sorpresa. Aceleré el paso para poder disfrutar un poco más de esa vista, pero ya no estabas… Y no pude controlar mis emociones en un largo rato: disfruté de todas las cosas que me sucedieron el resto de la tarde y la noche entera.
No sé cuánto tiempo pase para volver a verte. Tal vez eso no pase nunca. Pero qué reconfortante fue darme cuenta que estoy vivo y que aún hay caminos por recorrer que esperan pacientemente ser descubiertos antes de nuestro encuentro, el último.
Esa noche.
Octubre 9, 2008

¿Recuerdas la noche que te elegí mi hermano? Esa, como en tantas otras me sentía miserable y no pude más que sentarme al pie de mi cama y perder la visión al compás de la lluvia, que llegó puntual, como siempre. La soledad acechaba mi casa y la arena cubría por completo las entradas de luz. Sin pretenderlo fui dejando caer pedazos de mi que yacían inertes por el piso. Nunca, como ésa noche, las paredes de mi cuarto se han alejado tanto y me han vuelto a dejar tan solo, en medio de la nada, desnudo, con los ojos secos, con la mirada fija, como de muerto, con el dolor abrazándome cual si fuera su hijo y con la luna mirándome avergonzada. ¿Lo recuerdas? Casi no escuchaba tu voz ni podía verte, la oscuridad del agua no me dejaba ver nada. Rezabas conmigo para que la agonía terminara pronto y tenías todo listo para el desenlace final. Esa noche morí por segunda vez y velamos mis restos durante muchos meses. Me reconstruí de a poco, lentamente, como se reconstruye la vida. Y viví. Ésa fue la segunda vez. Espero con ansias que se repita el ciclo.
La calma de ésta madrugada me da miedo y el sonido del viento trae voces de mi pasado. No quiero llorar, solo quiero sentir la pesadez de mis párpados cubrir mis ojos.
Pared escalonada.
Septiembre 15, 2008

El cielo está escarpado, gotas de tristeza caen sobre mis hombros. El día está en un punto en que si no se tienen los pies bien puestos sobre la tierra no se sabe si amanece o está por anochecer. Anochece. La nostalgia que da el ambiente no da para ponerse a llorar. Me hace imaginar Macondo y la lluvia interminable, no puedo evitar sonreir al recordarlo, he estado ahí, hoy mismo estuve ahí. Recorro las calles de mi pueblo que se me antojan extrañas, pero no lo son, más bien me entretengo suponiendo que estoy en mi lugar favorito. El aroma del café me devuelve a la realidad. Preparo las cosas, nada entra en ésta maleta vieja, es que con tantas historias ya casi no queda espacio. Espero que el camión comience a moverse para acomodarme en mi asiento. Miro la ventana. Caigo en la cuenta que no podré observar las estrellas antes de dormir. El clima está haciendo de las suyas. Las nubes me gustan de día, he perdido la noción del tiempo al intentar descubrir figuras en ellas. De noche las estrellas me cuentan historias para arrullarme. Hoy, pienso, me dormiré sin su murmullo. Es tan fácil que el viento se lleve las nubes a otro lugar y ruego para mis adentros que ésto suceda. La lluvia se torna agresiva. Antes de resignarme por completo, recuerdo a una estrella con la que he creado cierta comunión. Amable, pero firmemente le pido se asome. El cielo había dispuesto ya un espacio para ella y la lluvia se detuvo por unos segundos. Ella tal vez se asomó, pero esa pared escalonada me impidió verla. Sonrío. Con los ojos cerrados imagino que está junto a mi y así logro conciliar el sueño. Faltan algunas horas para que amanezca. Me sobra tiempo para volver a la realidad.