Tranquilidad culposa.
Diciembre 2, 2008
Es como si el miedo a perderte no existiera. Me siento tranquilo, casi aburrido. Hace apenas un par de días imaginé, casi recordé tu partida: fugaz, inesperada, sin sentido, tan estúpida que solo conseguí ponerme a llorar como lo hace un niño, como hace mucho no lo hacía. No soporto ponerme vulnerable cuando ese virus intenta destruir mi sentido común. La tristeza me invadió por un par de días, recordé los episodios más tristes de mi vida en éste año: esa niña en San Cristóbal que convulsionaba de frío en los brazos desesperados de su madre, o la mirada triste, taciturna, casi vacía de esa indígena en Malpaso que volteó hacia el autobús en que yo viajaba y cuyas lágrimas nuevecitas parecían de quien se despide de sus esperanzas y anhelos menos probables. Y recordé tus manos acariciando mis pies y me puse a llorar con la seguridad de que el viernes pasado había sido la última vez que te había visto. Qué tontería. Hoy, que la Muerte quiere visitar mi calle, mi tranquilidad es incuestionable, no sé cómo he conseguido la estoicicidad y el cinismo con que puedo sentarme a leer mi único último libro del año.
Todo pasa, decía el buen Heráclito, y yo no soy quién para osar interferir en Su voluntad. Quiero no estar frente a un espejismo y que la realidad no me caiga de golpe como suele caerme y destrozarme con el desdén de quien odia. Solo quiero terminar de leer mi libro y sentir la ternura de tus manos acariciando mis pies.
Felicidades Señora
Septiembre 11, 2008

Para ti.
Paso lento, débil, la vida ha jugado mucho contigo, pero has sabido sobreponerte siempre. Bajo perfil. Activista de nacimiento. Cambias el mundo cuando creo que es imposible. Guardas siempre felicidad en tus bolsillos y no dudas en compartirla. Nunca dejas de aprender y de sorprender. Tienes el alma de un niño y la inocencia para dejarla ver. Das cuando nadie lo pide. Recibes con una sonrisa y con la incertidumbre de no creerlo merecer. Las lágrimas parecen uno más de tus adornos, qué ironía que las más grandes sean de dolor. La realidad la ves desde el cristal más cruel y te consuelas suspirando esperanza. Se me nubla la vista al imaginar tu sonrisa.
Qué lástima que la vida sea tan corta y qué tú no vivas ciento cincuenta años. Y qué lástima que no pueda regalarte el cielo.