Historia de terror

Octubre 31, 2008

Corría la fría noche del 23 de octubre del año 2003. La radio, como casi siempre, informaba acerca de los eventos importantes ocurridos en el mundo, poco después, un poco de música ochentera, nada particular. La cena había estado deliciosa: un lechero y unas marías y de postre unos nachos con excesiva salsa picante, ese era el menú de la noche, de casi todas las noches. Javier se recostó en el sofá de la cama imaginando cómo la vida lo trataría al día siguiente, qué más sorpresas le tendría el destino que hasta ese momento nunca habría imaginado. Por la ventana podía verse cómo el cielo se nublaba lentamente, en cuestión de minutos comenzó a llover. El techo de la casa era de lámina, los vidrios de la ventana del baño estaban rotos y el aire que lograba entrar por ahí movía la larga cortina de plástico que el baño tenía por puerta, el sonido rasgaba la mente y no había nada que pudiera hacerse.

Llegó la media noche, el frío que la madrugada empezaba a mostrar hizo que Javier se despertara y se levantara del sofá en el que inevitablemente lo venció el sueño aún con la música del radio y con el sonido de la puerta cortina del baño. Levantó los trastes sucios de la mesa, apagó la radio, la luz, y se dispuso a dormir en la cama que tantas historias guardaba, historias sin sentido. El sueño lo venció profundamente, cual música de Bach que te vuelve perdedizo en lo más profundo del placer. Nada podía apartarlo del descanso merecido. Afuera el gato gris de los vecinos intentaba salvarse de la lluvia fría que caía. La madrugada se paseaba por la ciudad con la parsimonia que solo la experiencia puede acarrear.

De repente, la solemnidad del silencio abrúptamente fue interrumpido por el sonido de las piedras golpeando fuertemente las paredes de la lata que la contenían. La lata era una especie de timbre recién inventado: el departamento se encontraba en la planta alta de la casa, en la parte de atrás de la planta alta y era dificil llamar a Javier para que saliera a abrir el portón y así dejar entrar a los visitantes, se había amarrado un cable desde abajo que llegaba a la sala y cuyo final era una lata que contenía piedras, quien quisiera hablar con él solo tenía que halar el cable. Pero en medio de la fría madrugada la lata sonó inésperadamente, con fuerza, con coraje, como si estuviera envidiosa del descanso de su dueño. Javier despertó desesperado, los vellos del cuerpo se erizaban al intentar imaginar quién producía aquél espeluznante sonido, las sábanas lentamente se tornaron heladas y el sudor que comenzó a producir parecía congelarse en su piel justo antes de salir, imaginaba seres en las sombras, se sentía observado, acechado. Era imposible que alguien hubiera querido visitarlo a las 03:46am, nadie le haría una visita a esa hora.

Cuando todo parecía haber vuelto a la calma, como un torrente de agua helada cayendo sorpresivamente sobre la piel desnuda, sintió Javier al descubrir que el sonido de las piedras en la lata había vuelto con una fuerza mayor y que parecia que en la habitación contigua había alguien más. El miedo que sentía era superior al de antes; aun así, logró juntar un poco de valor y lentamente, como quien no quiere hacer ruido, logro levantarse de la cama y caminar en penumbras hacia la puerta, abrirla lentamente y quedarse sin aliento y sin poder hacer un solo movimiento al ver como la lata se movía por sí sola, sin que nadie más estuviera presente. Probó dar un paso, los relámpagos de la tormenta que se volvía más densa a cada momento iluminaban de repende la sala y creaba figuras que parecían seres acechando la casa. Con toda la cautela y a sabiendas de que no era la mejor decisión decidió abrir la puerta y asomarse y cerciorarse de quién halaba el cable y producía el ruido, salió al patio, se dirigió al portón, tenía que enfrentar la realidad. La oscuridad reinaba y al momento de llegar ahí todo se iluminó de repente con la luz de un rayo que cayó muy cerca del lugar y la sombra de un ser aferrado a las rejas saltó en con aquella luz que duró un segundo. Javier sintió cómo sus rodillas perdían fuerza, lentamente perdía el conocimiento ante tal visión, justo antes de caer, la voz de aquél ser lo hizo reaccionar: “Amigo, abre la puerta, estoy muy ebrio y Susana me corrió de la casa”… Era Casanova, el amigo Casanova necesitaba un lugar donde descansar… Nunca Javier sintió más gusto de ver a su amigo como esa noche, en que pensó que fantasmas y seres sobrenaturales merodeaban su casa.

Ya no hay timbre ahora, y esa casa ya no existe. Qué bueno que el tiempo no se detiene.

Miedo repentino

Octubre 16, 2008

 

Esa nube me odia.

¿Es acaso que ésta cama tiene hormigas? Desde ayer intento conciliar el sueño y no paro de moverme. El televisor está a todo volumen y el frío de ésta habitación me impide levantarme a cerrar la ventana que me habla de historias de horror. Hacía ya un buen tiempo que frotar un pie contra el otro no fallaba como somnífero irremediable. Quisiera que esta fatiga no me venciera de una vez por todas. Días soleados consecutivos se han hecho presentes, el sol no ha cedido aún cuando ya no vea más ese nombre coloreado de verde. Pocas veces he tenido miedo. Cuando la hojas de ese libro quisieron herirme logré escabullirme por entre las plantaciones de maíz, cuando los náufragos vagabundos quisieron hacerme daño logré vencerlos, a todos (nada más falso que la muerte de un náufrago). Pero ayer, por la mañana, cuando asomado por la ventana descubrí a esa nube acechando mi casa, sentí como lentamente, el miedo se fue apoderando de cada una de mis venas, de a poco, mis movimientos se fueron volviendo torpes, mis manos comenzaron a temblar nerviosamente y me quedé petrificado al intentar emitir un grito de auxilio. Es una sensación agria la que te deja. Las nubes deberían ser inexistentes.

 

 

 

 

Mis días soleados están amenazados, hoy mismo no puedo conciliar el sueño y cerrar la ventana tratando de estar alerta, intentando no ser sorprendido por su sonrisa (de noche acechan sigilosamente y su ataque dura más que a la luz del día). Ésta cama llena de hormigas me ayuda a mantenerme despierto. Me niego rotundamente a perder el sol. Me niego medianamente a olvidar el dulce sabor de tu mala cara.