Complacida, saciada.

Marzo 16, 2009

El cielo casi estrellado parece una invitación a soñar despierto. El frío de ésta noche cala los huesos. Los únicos sonidos que alcanzo escuchar son los automóviles que pasan frente al balcón donde me encuentro y los grillos que siempre han de estar presentes en mis noches de desasosiego como ésta. Detrás de mi, la muerte, complacida, saciada, se pasea en medio de nuestro dolor. Todo fue tan de repente:

Seis de la tarde de ayer:

- Están por salir, el viaje será largo pero valdrá la pena, ¡qué alegría! ¡La familia por fin se reconciliará, volverá a estar unida!

- Así es, gracias a Dios que las cosas están tomando su cauce.

Ocho de la mañana de hoy:

- ¿Cómo? ¡Dios mío! ¿Cómo fue? ¿Qué pasó?

- …Qué dolor, qué tragedia (sollozos). ¡Fue inevitable, completamente inesperado! Fue ayer, a las seis de la tarde, íbamos saliendo de la ciudad (sollozos, casi gritos). ¡Todo estaba bien! ¿Por qué, por qué ellas dos? ¿Por qué las dos?

Son las ocho de la noche de hoy y la familia ciertamente está unida, como hace muchos años no lo estaba, tal vez como nunca, pero las condiciones son distintas a las esperadas apenas hace unas horas. No hay risas ni grandes conversaciones y los abrazos no han sido de satisfacción y las lágrimas no han sido de alegría. El silencio reina en toda la habitación y aquí en el balcón estoy solo, pensando en la fragilidad de la vida y en la plenitud de la muerte, recordándolas vivas, como siempre estarán en mi memoria y pidiéndole a Dios, si es que aún quiere escucharme, que nos de paz a todos y que el trago amargo pase pronto para él y para ellos, que se despiden de ellas con recuerdos escapándoseles por los ojos e intentando encontrarle un nuevo sentido a la vida.

La muerte a veces es un pretexto para dejar de recordar.

Esa noche.

Octubre 9, 2008

¿Recuerdas la noche que te elegí mi hermano? Esa, como en tantas otras me sentía miserable y no pude más que sentarme al pie de mi cama y perder la visión al compás de la lluvia, que llegó puntual, como siempre. La soledad acechaba mi casa y la arena cubría por completo las entradas de luz. Sin pretenderlo fui dejando caer pedazos de mi que yacían inertes por el piso. Nunca, como ésa noche, las paredes de mi cuarto se han alejado tanto y me han vuelto a dejar tan solo, en medio de la nada, desnudo, con los ojos secos, con la mirada fija, como de muerto, con el dolor abrazándome cual si fuera su hijo y con la luna mirándome avergonzada. ¿Lo recuerdas? Casi no escuchaba tu voz ni podía verte, la oscuridad del agua no me dejaba ver nada. Rezabas conmigo para que la agonía terminara pronto y tenías todo listo para el desenlace final. Esa noche morí por segunda vez y velamos mis restos durante muchos meses. Me reconstruí de a poco, lentamente, como se reconstruye la vida. Y viví. Ésa fue la segunda vez. Espero con ansias que se repita el ciclo.

La calma de ésta madrugada me da miedo y el sonido del viento trae voces de mi pasado. No quiero llorar, solo quiero sentir la pesadez de mis párpados cubrir mis ojos.