Hasta la Vida

Junio 8, 2009

  

Es tan rápido ésto de vivir que ni debería ser cosa seria. Es tan divertido saberse vivo y preocuparse por vanalidades sin sentido, nada más serio que la vida misma, nada más divertido que la no muerte.

   Una tarde llena de cafeína y de planes tirados a la basura ha de ser de las cosas más deliciosas: palabrería absurda que hace creerme dueño del tiempo y del futuro, me convierto en un dios de la verdad y la justicia absoluta  sin pensar que Tus planes han de ser otros para mi y para ella, por supuesto. Nunca más muerto que creyendome vivo al sentir tu caricia con solo cerrar los ojos.

   Quiero, no puedo. Debo, no puedo. Puedo, no será. Una máscara tras otra: culpa mutilada de sangre al morderme la lengua, manos internas que apretan los torrenciales a tope, nudos que se agolpan en mi garganta deteniendo mi respiración por más tiempo del que puedo tolerar.

   Todo cambia abruptamente sin que la calma sea interrumpida, la vida es muerte diariamente y es Vida cuando termina por fin. La tuya será Vida si así lo quieres, quiero que lo quieras, decídelo ahora que hay sol porque cuando explotes en la oscuridad amarga no podrás volver.

   Ayer no importa, importa el exactamente ahorita que se me deshace la mano a causa de éste chocolate caliente, importa ésta plática y la luz que me da de frente, pero más importa tu sonrisa casi triste, tan pobre que no alcanza para llegarte a los ojos.

   Somos y no dejaremos de serlo hasta la muerte, hasta la Vida.

   Estaré ahí porque ahí estarás.

Tranquilidad culposa.

Diciembre 2, 2008

Es como si el miedo a perderte no existiera. Me siento tranquilo, casi aburrido. Hace apenas un par de días imaginé, casi recordé tu partida: fugaz, inesperada, sin sentido, tan estúpida que solo conseguí ponerme a llorar como lo hace un niño, como hace mucho no lo hacía. No soporto ponerme vulnerable cuando ese virus intenta destruir mi sentido común. La tristeza me invadió por un par de días, recordé los episodios más tristes de mi vida en éste año: esa niña en San Cristóbal que convulsionaba de frío en los brazos desesperados de su madre, o la mirada triste, taciturna, casi vacía de esa indígena en Malpaso que volteó hacia el autobús en que yo viajaba y cuyas lágrimas nuevecitas parecían de quien se despide de sus esperanzas y anhelos menos probables. Y recordé tus manos acariciando mis pies y me puse a llorar con la seguridad de que el viernes pasado había sido la última vez que te había visto. Qué tontería. Hoy, que la Muerte quiere visitar mi calle, mi tranquilidad es incuestionable, no sé cómo he conseguido la estoicicidad y el cinismo con que puedo sentarme a leer mi único último libro del año.

  Todo pasa, decía el buen Heráclito, y yo no soy quién para osar interferir en Su voluntad. Quiero no estar frente a un espejismo y que la realidad no me caiga de golpe como suele caerme y destrozarme con el desdén de quien odia. Solo quiero terminar de leer mi libro y sentir la ternura de tus manos acariciando mis pies.