Hasta la Vida

Junio 8, 2009

  

Es tan rápido ésto de vivir que ni debería ser cosa seria. Es tan divertido saberse vivo y preocuparse por vanalidades sin sentido, nada más serio que la vida misma, nada más divertido que la no muerte.

   Una tarde llena de cafeína y de planes tirados a la basura ha de ser de las cosas más deliciosas: palabrería absurda que hace creerme dueño del tiempo y del futuro, me convierto en un dios de la verdad y la justicia absoluta  sin pensar que Tus planes han de ser otros para mi y para ella, por supuesto. Nunca más muerto que creyendome vivo al sentir tu caricia con solo cerrar los ojos.

   Quiero, no puedo. Debo, no puedo. Puedo, no será. Una máscara tras otra: culpa mutilada de sangre al morderme la lengua, manos internas que apretan los torrenciales a tope, nudos que se agolpan en mi garganta deteniendo mi respiración por más tiempo del que puedo tolerar.

   Todo cambia abruptamente sin que la calma sea interrumpida, la vida es muerte diariamente y es Vida cuando termina por fin. La tuya será Vida si así lo quieres, quiero que lo quieras, decídelo ahora que hay sol porque cuando explotes en la oscuridad amarga no podrás volver.

   Ayer no importa, importa el exactamente ahorita que se me deshace la mano a causa de éste chocolate caliente, importa ésta plática y la luz que me da de frente, pero más importa tu sonrisa casi triste, tan pobre que no alcanza para llegarte a los ojos.

   Somos y no dejaremos de serlo hasta la muerte, hasta la Vida.

   Estaré ahí porque ahí estarás.

  

   Por demás está decir que la adolescencia es una etapa complicada cuando menos en esencia. Los cambios experimentados son verdaderamente rápidos y a veces no tomamos conciencia que aparentamos mayor madurez de la que realmente tenemos.

   En ésa etapa en que se busca apresuradamente una identidad propia nos basamos de algunos personajes platónicos y de algunos que tenemos de primera mano. Mis hermanos son mucho mayores que yo y ese abismo generacional provocó que me vieran, en ésa época, como el niño, solo asi. Así que busqué relacionarme con personas no tan mayores que yo de las cuales pudiera aprender y que pudieran tomarme en serio. En ésas épocas apareció un familiar, un primo, un hermano que estuvo conmigo, creo que sin saberlo, en una parte extremadamente dificil de mi vida, un amigo con quien podía distraerme de una manera educativa, con quien compartía gustos y de quien tomé algunos (me llegó a gustar una de sus novias jajaja). Creo que solo fueron un par de años de convivencia cercana (porque ha sido un nómada) pero alcanzaron para considerarlo un hermano más, el hermano mayor que cualquier “wey queso” hubiera querido tener.

   Navegando sin un rumbo fijo -por el internet, claro- encontré una canción que es verdaderamente significativa para mi: Weird, de los Hanson. Y lo es porque representa esa época de pláticas acerca de “viejas”, viajes, de profesiones por estudiar, de sueños por realizar, de ésa época en que estuve más cerca de la música de lo que jamás volveré a estar y ésta canción él me ayudó a aprenderla a tocar en la guitarra y aunque ahora hoy solo recuerde los acordes del coro, escucharla hoy, con los Hanson también adultos (el tiempo nunca se detiene) me trae a la mente recuerdos de ésa época que no volverá para nadie y aunque ahora casi no lo vea sigo considerándolo uno de mis mejores amigos, mi segundo hermano mayor.

Tiempos

Diciembre 29, 2008

Felices, enamorados.

Los tiempos en que se fundamenta mi vida (quiero creer que la muchos más también) son tan inciertos como predecibles, sabemos todo de ellos y no sabemos nada, así de irónico. Siempre queremos que sean mejores y a veces casi hacemos hasta lo imposible para lograrlo. Andamos siempre en busca de la felicidad, esa ramera que solo nos deja probarla a ratos, tentándonos, para irse cada vez más lejos.

El pasado, es eso, pasado, y es inamovible, perpetuo. Aprendemos de él para mejorar (ojalá). Nos recuerda que existimos. Nos deja las experiencias del trago amargo que pasamos al cometer errores y la satisfacción que acarrean los aciertos. Nos invita a lugares cercanos, lejanos. A vivir lo vivido, a platicar, soñar, reír, llorar, a pelear con quien ya no está. Nos llama a oler ya probar nuevamente, a amar con pasión, a odiar con pasión. Nos hace comprender el por qué del presente, anhelar una meta, lograr un fin. El pasado es bueno, porque se quedó allá, atrás, mostrándonos en un gran biombo los caminos recorridos, que nos llevan a destinos buenos y malos. Nos muestra qué debemos hacer, pero sobre todo que no debemos hacer.

El presente es tonto e ilógico. Muchos hacemos lo que debemos y pocos, muy pocos, lo que queremos. Quisiéramos hacer y tener tantas cosas a la vez y con mucho esfuerzo podemos con unas cuántas. Nos estanca en una época de la que jamás escaparemos. Nos da a probar pincelazos de eternidad con quien está en turno. Nos hace vivir apresuradamente, sin descanso. Queremos asirnos de todo lo que vemos. Guardar para siempre en la memoria el hoy. Nos hace pensar que podemos levantarnos cuantas veces caigamos. Que nunca es tarde para empezar de nuevo. Él hace arrepentirnos de tantas y tantas cosas que marcan nuestras vidas para siempre, a repetir “Hubiera” infinidad de veces y a planear y desear lo que no existe, lo imposible. El presente dura lo que un parpadeo. No es más que una línea, un punto que se sabe existe, pero es invisible. El presente es bueno, porque nos hace recordar lo que fue y suponer lo que vendrá.

“No te jactes del día de mañana que porque no sabes lo que dará el día de sí”. El futuro es un “Castillo en el aire”. Sabemos de él, oímos su rumor pero nunca estaremos seguros de alcanzarlo. Es cambiante. Está lleno de éxitos, fracasos, celos, impotencia, envidia, y tantas cosas que nunca cesan de palpitar. Su color es verde, como la esperanza. Queremos verlo como un oasis , un descanso permanente. El futuro se construye en el pasado y en el presente. Hay que ser cautelosos: suele ser traidor y a veces no tiene escrúpulos. Es bueno, porque existe la posibilidad del éxito. Es malo, porque existe la posibilidad del fracaso. No hay mejor sabor que el de la plenitud.

Hace unos días soñé contigo y conmigo, juntos. Ahí éramos libres, felices. Estábamos sólo mirándonos, sólo enamorados.

Te parecerá extraño que te escriba. A mí también me lo parece, pero últimamente has estado en mi mente más de lo normal y sentí la necesidad de hacerlo… Y aquí estoy, terminando de enlazar éstas palabras que acabas de leer, o que jamás leerás.

2004