Es horrible

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Que se me acaban las palabras

Que se me acaban las palabras. Que no sé qué tema sigue o qué pregunta hacer. Para todo hay una respuesta osada, explícita y concreta. Tres líneas y me dejas sin palabras. Una línea y estoy desarmado. Que nunca había procurado. Que este juego me cuesta. Lograr un objetivo no había sido tan complicado. ¿Qué estoy escribiendo? Todo me recuerda a mis objetivos terrenales y lo que refleja la pantalla no es terrenal. No puede existir.

¿Cómo es tu voz? ¿En qué cantos expresas tus palabras? ¿A qué suena tu risa? ¿Cómo se siente la humedad de mis manos sobre tu cara? ¿Cómo me elevas y me haces flotar? ¿Cómo te abres sin miedo? ¿Cómo maduraste?

El dolor no podrá dejarme nunca aún viendo tus ojos de cristal que también han visto mucho y que verán por mi.

¿A qué huele tu cabello? ¿En qué momento despertarás junto a mi? ¿Cuándo me dirás tu verso destellante? ¿Cuándo olvidarás para recordarme? Volteo a la pantalla muda y te imagino como al de antes: con las piedras encima, sin ganas de soltarlas.

Volteo a ver la pantalla y sólo espero una pregunta. Y me quedo callado imaginándote del otro lado aburrida de no esperar. Y me quedo callado, inmóvil, viendo al techo. Mis dedos están en blanco, mis manos vacías. Y es que, como te decía, se me acaban las palabras.

Sonríe y duerme

Supongo que las 9 llegarán, las 10, las 11, el medio día llegará. Supongo que no pasará nada que Dios no quiera que pase (dejen sus escepticismos).

Nunca se aprende a vivir. Nunca he aprendido a vivir contigo aunque te quiero tanto como para ponerme a llorar como niña cuando cualquier cosa te pasa.

Estás a la puerta de una nueva oportunidad y te hemos abierto la puerta para que pases. Y ahora estás todo de azul y blanco y con los ojos alargados de espanto y sorpresa. Mamá está contigo y ella nunca dejaría que nada malo te pase, como yo o Vero o Gama. O Arturo.

Te canto un salmo desde donde estoy y entrego mi confianza en Dios para que sea su voluntad la que sea hecha, porque a pesar de todos los esfuerzos humanos, en nuestras manos nada hay.

Sonríe y duerme tranquilo. Serás el mismo al despertar pero sin el peligro que te rodea a cada paso.

Sonríe y duerme que estaremos ansiosos de volver a verte riéndote, enojado y coloreando.

Duerme mi niño, duérmete ya…

En silencio

A3GdDIFCUAA6d4vEn silencio. Todo pasa en silencio. Como la noche y el  día en silencio escuchando lo que nadie dice, lo que no sucede. Entre sueños siento tu abrazo y tu aliento sobre mi cara y tu voz rompe el silencio y me dice te quiero… Y fenezco.

Para que vuelvas

Supongo que no siempre la verdad son palabras bonitas, y no siempre produce saltos de felicidad.

Supongo que de vez en cuanto un balde de agua fría es necesario para darnos cuenta que hay más realidad que sueños, aunque estos últimos sean sólo nubes pasajeras.

Supongo que de vez en cuando es bueno cometer errores, o darte cuenta que los cometiste, porque te detienes un momento a replantear tu futuro y a mejoralo.

Supongo que nunca es bueno estar seguro de poseer algo, porque hay cien situaciones externas que te pueden dejar con las manos vacías, así sin avisar. Como la ves que me regalaron la luna, y la perdí.

Supongo que un café caliente y uno frío siempre tendrán una mesa disponible para convivir, aunque sea invierno, aunque sea verano.

Supongo que la alegría que dan las flores recién cortadas no se comparan al dolor que siento cada vez que tus ojos de gladiolas se alejan.

Supongo que la gente merece espacio aún en contra de mi voluntad, aún cuando yo mismo no creo en los espacios, en los silencios, en las manos amarradas. Pero me estoy esforzando para asimilarlo, para que lo asimiles y para que vuelvas porque

¿volverás?

Todo está en calma. Menos yo.

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Todo pareciera estar en calma en este momento: el autobús sigue un ritmo de movimiento permanente, al compás de la lluvia que no cesa de caer, los pasajeros van dormidos como si no hubiera razón alguna para estar preocupados, las luces tenues que alumbran tímidamente el pasillo molestan más que ayudan. Todo está en calma. Menos yo.
Yo quisiera estar viajando a Chiapas y no a Chiapas. Lo que sea que esto quiera decir.
Yo quisiera poder estar descansando como siempre que me subo a un autobús. Pero los números no dejan de hacer ruido en mi mente por tanto movimiento y las luces de los carros que parecen venir a nuestro encuentro me recuerdan cada punto que tengo que estar estudiando, memorizando: altas, bajas, adentro, afuera, a un lado, al otro.
Supongo que en realidad no me he percatado que hace ya varios años vivo una vida de adulto que intento cubrir con mis pseudoinmadureces (dejan de ser inmadureces cuando uno se da cuenta de que lo son) y mis pensamientos disfrazados de indiferencia.
Estoy pues, en un punto medio entre mi ciudad y esta otra a la que me dirijo a ser más adulto y responsable (no irresponsable) de lo que yo mismo hubiera querido ser.
Creo que pondré mucho de lo que puedo pero al final no quedará en mi el resultado. Como desde hace mucho decidí que así fuera.
Yo quisiera estar viajando a Chiapas y no a Chiapas. Lo que sea que esto quiera decir.

Llorando

No hay brazos ni piernas, no hay labios, no hay boca, no hay besos. El aire es pesado como la noche, y a un par de horas de amanecer estoy sentado en la orilla de mi cama pensando en qué o quién falta aquí.

No hay espalda, ni su fin. No hay cabello con aroma a rosas, no hay màs que ese olor que proviene de debajo de mi cama que huele a recuerdos.

La madrugada inunda mis ojos y cual gato en la oscuridad mis pupilas se esfuerzan por buscar algo, alguien, pero no alcanzan a ver nada y sólo sueltan un par de gotas para mejorar la visibilidad, empeorándola.

No hay luz de día en este cuarto, no hay luz de nada. Todo es paz, ansiedad, todo es calma, todo esto es un silencio que ahoga. Me sangran los oídos de no escuchar algo, alguien. No hay sonidos, no hay silencio.

Mercedes dice que lo perdió, que se fue, y yo intento hacer mías sus palabras, pensando que perdí algo, que se me fue alguien, pero sólo sigo sentado en la orilla de la cama intentando encontrar algo, alguien.

Mis manos vacías se desangran al no tocar algo, alguien, al no sentir ni siquiera el espacio vacío lleno de la cantidad exacta de nada. Mis pies ahora mismo tocan el suelo y nadie corre a cubrirlos para no resfriarme.

No hay brazos ni piernas hoy, no hay humedad abrazándome. No hay voces, no hay mensajes llegando, no hay letras siendo leídas ni recuerdos recordando.

Muchas piernas, brazos, muchas espaldas y senos han llenado mis manitas de niño impaciente, pero nunca reconocen algo, alguien, pero nunca reconocen nada, porque te llevaste el idioma y las lenguas y tienes, en algún cajón olvidados, mis brazos, mis piernas, mis ojos, con los que no puedo abrazar, correr hacia o mirar algo, alguien.

Mi lengua está seca de beber tanta agua seca. No hay tregua en mi búsqueda de nuevos manantiales, no siento las fuerzas ya con las que sobrevivo, con las que agonizo a diario sin algo, sin alguien. No hay nada aquí y aún cuando hay ¡no hay! Porque nada, nadie, sacia mis manos, mi lengua, mis brazos. Y abrazo el agua de lluvia sin poder detenerla, como abrazas tú el cigarro que fumas, pensando que soy yo quien entra en ti, te regenero y entro y salgo y te beso y no existo.

Esta ansiedad, que sí existe, me estampa en las mejillas la nada que hay, que me acompaña aún cuando otros cuerpos me han dado calor, frío. Nunca hay algo, alguien, desde aquella tarde que cerré la reja de tu casa y me fui para siempre, dejando una pequeña parte de mi contigo, para no perder ese delgado hilo de telaraña que nos une y que ni treinta y cinco elefantes han derribado. Dejando contigo todo deseo de tener, de poseer, de hacer mío algo, alguien.

No hay brazos ni piernas, no hay sonrisas ni gritos ni miradas lascivas.

Estoy pues en la orilla de mi cama buscando algo, alguien, llorando.

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